Washington Irving y su aventura del albañil en la Alhambra: historia, contexto y huellas literarias

TRANSCRIPCIÓN DEL PODCASTEscritor, historiador, diplomático, antropólogo y viajero romántico, Washington Irving fue una de las personalidades más inquietas y atractivas que alumbró la república norteamericana en sus primeros años de vida (de hecho, su nombre de pila es un homenaje al padre fundador de Estados Unidos, George Washington).Con poco más de veinte años se hizo famoso como escritor con una historia satírica de Nueva York, su ciudad natal, pero su estilo terminaría de cuajar en Europa, concretamente en Liverpool, adonde se trasladó en 1815 como representante de la empresa familiar, dedicada al comercio de importación y exportación.

Cuando la firma entró en quiebra, tres años después, Irving se dedicó a viajar por diversos países de Europa mientras escribía libros de relatos que alcanzaron un notable éxito. En 1826, estando en París, recibió una invitación del embajador estadounidense en España para que se trasladara a Madrid, a fin de traducir al inglés una serie de documentos sobre el descubrimiento y conquista de América por los españoles.Irving siempre se había interesado por la historia, y una vez en España decidió escribir una biografía de Cristóbal Colón. Publicada en 1828, tuvo de nuevo una excelente acogida que lo indujo a volcar sus energías en un nuevo proyecto: una historia de la conquista de Granada por los Reyes Católicos, que se publicaría al año siguiente.

La aventura granadina: viaje, archivo y descubrimientos

La aventura granadinaDurante su estancia en España, además de investigar en archivos y bibliotecas, Irving viajó mucho por el país. En 1828 se dirigió a Andalucía acompañado de dos amigos, además del cónsul y el secretario de la embajada rusa en Madrid. Los viajes, en aquellos tiempos, constituían una gran aventura. A menudo el camino era largo y peligroso. En ocasiones debían cabalgar al borde de las montañas, por caminos que se precipitaban al mar y bajo una lluvia incesante.

El propio Irving recuerda así las dificultades: «La mayor parte de nuestra ruta ha sido increíblemente fatigosa, en medio de salvajes panoramas y en una parte del país totalmente desprovista de comodidades, pero hemos sido recompensados por la sublimidad de estos paisajes de ásperas montañas que me han impresionado en algunos momentos con sentimientos de severa grandeza como sólo los he sentido al leer las páginas de Dante».

Viajaban durante la noche, se detenían para desayunar y seguían avanzando hasta el mediodía. Entonces hacían una larga parada para comer y descansar hasta la medianoche. El grupo recorrió Córdoba, Málaga, Ronda, Gibraltar, Cádiz, Sevilla, El Puerto de Santa María… Finalmente, en mayo de 1828 llegó a Granada, donde pasó nueve días, alojado en la Fonda del Comercio.

Durante su estancia tuvo ocasión de visitar la Alhambra, e incluso se permitió ponerse a escribir en el patio de los Leones, diluyendo la tinta de su pluma en el agua de la fuente. Fascinado por la ciudad del Darro, Irving decidió volver al año siguiente. Acompañado ahora por el príncipe ruso Dolgoronky, el escritor norteamericano permaneció en Granada casi tres meses. Lo mejor fue que consiguió alojarse en el interior del palacio nazarí tras pedir autorización al gobernador.

Estos interiores se encontraban en esos tiempos devastados tras la ocupación francesa y eran una gran ruina exótica, lo que despertaba la sensibilidad romántica del escritor cuando los contemplaba a la luz de la luna. «Todas las injurias del tiempo [...] desaparecen por completo; el mármol recobra su primitiva blancura [...] los salones se bañan de una suave claridad, y todo el edificio semeja un encantado palacio de los cuentos árabes».

Encuentro con Mateo Jiménez y la mirada sobre la Alhambra

Según el padrón de 1824, los palacios nazaríes estaban entonces habitados por unas 381 personas, entre empleados al servicio del gobierno de la ciudadela, militares, clérigos y población marginal (pobres, vagabundos, ladrones...). Irving convivió con estas personas con naturalidad. Conoció así a cierto Mateo Jiménez, un «filósofo harapiento» que le salió al paso y se le ofreció como guía.Irving escribe: «Tengo la habitual desconfianza del viajero ante los cicerones oficiosos, así que le dije: “Presumo que está usted familiarizado con el lugar”. A lo que él respondió: “Más que nadie; pues, señor, soy hijo de la Alhambra”». Los españoles de a pie tienen en realidad la manera más poética de expresarse. ¡Un hijo de la Alhambra! A partir de ese momento se forjó entre ambos una estrecha relación que fue tornándose en una sincera amistad.

También mantuvo conversaciones con algunos ancianos inválidos que habían encontrado refugio en el palacio, como el tío Polo, un antiguo soldado cuyas historias inspiraron a Irving «La leyenda del soldado encantado».

La mirada de Irving sobre la sociedad española era típica de los viajeros románticos del momento. «El pueblo llano -escribía- es maravillosamente pintoresco en todas sus actitudes, reuniones y vestimenta. Es una fuente de continuo placer para mí pasear por las calles, anotar las figuras y los grupos de nuestro alrededor».

La despedida y la publicación de Cuentos de la Alhambra

A veces se fijaba en los ojos «llenos de fuego» de las jóvenes andaluzas. Y se refiere a las leyendas que rodean el palacio nazarí, que hablan de espíritus y supuestos tesoros. Una triste despedidaEl 18 de julio de 1829, Irving recibió una carta que le comunicaba su nombramiento como secretario de la embajada norteamericana en Londres. «Mi feliz y apacible reinado en la Alhambra fue bruscamente interrumpido por la llegada de unas cartas que me instaban a salir de mi paraíso musulmán para sumirme una vez más en el bullicio del polvoriento mundo. ¿Cómo iba a salir al encuentro de sus inquietudes, después de semejante vida de tranquilidad y ensueño? ¿Cómo podría yo soportar su vulgaridad, tras haber disfrutado de la poesía del palacio nazarita?».

Tras meditarlo, al final aceptó el cargo. La partida se demoró unos días, en los que Irving se dedicó a «vagar por mis lugares favoritos que cada vez se ofrecían más deliciosos a mi contemplación». Finalmente, partió de Granada el 28 de julio de 1829. Al despedirse de la ciudad le vino a la mente el recuerdo del último rey nazarí: «Al caer la tarde, llegué al sitio en que el camino serpentea entre montañas y allí me detuve para dirigir una última mirada sobre Granada. Ahora podía comprender algo de los sentimientos experimentados por el pobre Boabdil cuando dio su adiós al paraíso que dejaba tras él y contempló ante sí el áspero y escarpado camino que conducía al destierro».

En 1832 publicó Cuentos de la Alhambra, libro que combina impresiones de viaje con los cuentos ambientados en el período nazarí y contribuyó a hacer universalmente célebre el conjunto palaciego andalusí. Pocos se han apasionado tanto por la historia española como Washington Irving (1783-1859). Este escritor norteamericano pronto abandonó su carrera de abogado para dedicarse a la literatura y fue así como comenzó a publicar pequeños ensayos y poemas. A estas pequeñas publicaciones pronto las seguirían otras de mayor éxito.

Años más tarde, en 1826, fascinado por la figura de Cristóbal Colón, el autor de La Leyenda de Sleepy Hollow (1820), llegó a Madrid para estudiar unos documentos relativos al descubrimiento de América, y dos años después publicó una obra considerada la primera biografía de Colón: Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón (1828). La pasión romántica de la época por el pasado y el exotismo, unido a su interés por la cultura hispano-musulmana, llevó a Irving a visitar Granada en 1829 como secretario de la legación americana en España. Durante su estancia, tuvo la oportunidad de empaparse con los cuentos y leyendas populares y de alojarse en las Salas de las Frutas de la Alhambra. Extasiado por la majestuosidad de la Alhambra, Washington Irving rescata cuentos como la Leyenda de las tres hermosas princesas, en la que un rey musulmán encierra a sus tres hijas en una torre para evitar que se enamoren; la Leyenda del gobernador y el escribano, protagonizada por el ferviente conflicto jurisdiccional entre Granada y la Alhambra; o La aventura del albañil, que invita al lector a descubrir un tesoro escondido.

El relato de estas leyendas todavía retumba en las paredes de la Alhambra, y su sonido llega hasta este hotel, en cuyas habitaciones los viajeros pueden escuchar estos cuentos mientras contempla el Conjunto Monumental. Como no podía ser de otra forma, la obra de Washington Irving también está presente en nuestra biblioteca, que alberga varios volúmenes de primera edición presididos por las obras completas del autor. Desde la visita del hispanista norteamericano a Granada, el Hotel Washington Irving ha convivido en el siglo XX con una lista interminable de huéspedes ilustres.

Gráfica educativa: mapa de Granada y la Alhambra

Desde que en 1493 Hernando de Zafra sugirió a los Reyes Católicos ocupar la Alhambra y éstos la convirtieron en Sitio Real, han sido muchos los viajeros extasiados ante la contemplación del palacio nazarí. El escritor estadounidense Washington Irving (1783-1859) fue uno de los más significativos. Dominando la ciudad a 765 metros de altitud, el Áurea Washington Irving 5* no pierde de vista la Alhambra. Su fachada norte custodia el palacio fundado a finales del siglo IX, mientras el hotel descansa rodeado por el Paseo del Generalife, el Carmen de Los Mártires y el de Bellavista. Los Reyes Católicos mantuvieron el carácter independiente de la ciudad palatina, generando así un importante núcleo de población cristiana. En los siglos XVI y XVII las necesidades comerciales, contribuyeron a la creación de fondaks o caravan-serrallos, germen de las fondas, surgidas a finales del siglo XVIII. Pronto aparecieron los primeros hoteles. El origen del que nos ocupa se remonta al año 1821, en el que las escrituras describen una casa con “huerto y corral” comprada al Real Patrimonio de la Alhambra. Años más tarde su propietario la vendió a Don Benigno Ortiz. La Fonda de Ortiz es el origen del edificio actual, cuyo nombre aparece por primera vez en 1870, el año que la Alhambra fue declarada Monumento Nacional. El interés por la cultura hispano-musulmana llevó a Irving a visitar Granada en 1829, siendo secretario de la legación americana en España. Durante su estancia se alojó en las dependencias de la Alhambra. «Jamás en mi vida habité un lugar más delicioso que éste y nunca podré encontrar otro que se le iguale».

La cita es de Washington Irving (1783-1859) sobre la Alhambra, donde se alojó en 1829 movido por su interés por la cultura hispano-musulmana. Algunos de aquellos cuentos, como la Leyenda de las tres hermosas princesas, la Leyenda del gobernador y el escribano o La aventura del albañil; se pueden escuchar hoy en las habitaciones del hotel Eurostars Washington Irving 5*. Durante su estancia en el monumento en 1829, el escritor romántico durmió en las Salas de las Frutas, junto a las Habitaciones de Carlos V. Allí­ escribió esta obra, publicada en dos ediciones simultáneas en Filadelfia y Londres y dedicada a David Wilkie, R. Sus dí­as en Granada no sólo le pusieron en contacto con la biblioteca de la universidad, sino con personajes locales como Mateo Jiménez. Este «Hijo de la Alambra» fue su guía por la fortaleza militar, ciudadela civil y residencia real de los monarcas musulmanes hasta la Reconquista.

Washington Irving no fue el único intelectual deslumbrado por la Alhambra en el siglo XIX. Ya en el siglo XX, el hotel convivió con una lista interminable de huéspedes ilustres. Irving describe el paisaje desde el balcón central del Salón de los Embajadores. Disfruta enormemente de inventar historias sobre lo que presencia. Por ejemplo, en una ocasión ve a una novicia en su ceremonia para tomar los votos de monja. Desde el balcón empieza a imaginar una historia de amor prohibido, en la que ella es una mujer bella que no quiere entrar al convento, pero ha sido obligada a ello por su padre tirano. Uno de los invitados a la ceremonia parece ser el amante que sufre también al ver a su amada consagrarse a la vida religiosa. Luego de eso, Irving retoma la descripción de lo que ve desde el balcón y hace un retrato de algunas costumbres. Es la historia de un albañil pobre que ayuda a un cura a construir una cripta para guardar unas jarras con su dinero.

El cura avaro conduce varias noches al albañil hacia la casa donde debe cavar la cripta, pero lo obliga a vendarse los ojos. Un tiempo después, un hombre rico contrata al albañil para que lo ayude a restaurar una casa que está casi en ruinas. Cuando el albañil entra a la casa que debe reformar, reconoce la vieja fuente mora de la casa en la que trabajó para el cura. El hombre rico le explica que quiere poner la casa a punto para atraer a inquilinos. El albañil acepta el trabajo con la condición de poder vivir en la casa mientras la reparan. Este capítulo sirve de preámbulo al siguiente. Irving se encuentra con un moro de Berbería en la Alhambra y recorre una parte con él. Menciona cómo los musulmanes de Berbería sienten todavía mucha nostalgia por el reino de España y que sostienen la esperanza de recuperarlo; el pasado de su pueblo es un motivo de orgullo. Tal es la añoranza por el reino que los moros han buscado un culpable: Boabdil, el último rey de Granada.

Según el autor, las historias que se repiten en el pueblo sobre la crueldad de Boabdil tienen su origen en un libro titulado "Las guerras civiles de Granada" que se hace pasar como una traducción al castellano de una obra originalmente escrita por un musulmán. Irving sostiene que lo presentado en ese libro no tiene la mirada de un musulmán porque tergiversa y hace una caricatura de las costumbres de los moros. Entre los musulmanes existe una rivalidad entre los linajes de Oriente y los que vienen de África occidental, conocidos comúnmente como moros. Los primeros se sienten superiores porque su origen está en la misma zona en la que había vivido el Profeta Mahoma. Entre las tribus orientales hay una raza, los Abencerrages, que se jactan de ser descendientes de los Beni Seraj, Compañeros del Profeta. En Granada, los Abencerrages gozan de privilegios durante el reinado de Muhamed Nasar, el Hayzari o Zurdo, en 1423.

Esto supone una afrenta para otras tribus, y eso, sumado al desdén por sus súbditos, llevan a que el rey pierda popularidad. Quien reemplaza al Hayzari es su primo, Muhamed el Zaguer, que reina de modo opuesto al de su antecesor y se gana el cariño de sus colaboradores y del pueblo. Los caballeros que habían gozado de los privilegios otorgados por el Hayzari deben refugiarse en otros lugares. Yusef Aben Zeragh, el visir o primer ministro del Zurdo, abandona Granada con otros Abencerrages y se asila en la corte del rey Juan de Castilla, quien aboga por los Abencerrages y le ofrece su apoyo al Hayzari. Durante esos pocos años en los que está en el poder luego de recuperar la corona, el Hayzari comete el error de negarse a rendir homenaje feudal y pagar un tributo anual al rey de Castilla que intervino para devolverle su reino. Sumada a esa dificultad, en su propio reino, don Pedro Venegas trama una conspiración. Este noble tiene ascendencia cristiana, pero había sido capturado por los moros cuando era un niño y el príncipe de Almería lo había criado como si fuera su hijo bajo la fe musulmana. Durante todos estos conflictos, los Abencerrages permanecen fieles al Hayzari, que se refugia en Málaga. Mientras, Yusef Aben Alhamar triunfa en 1432, pero la ciudad que ahora va a reinar está desolada: prácticamente todas las familias están de luto porque han perdido a alguien en las numerosas batallas. Tras la muerte de Yusef, el Hayzari regresa desde Málaga y vuelve a ocupar su trono. Hábilmente, decide perdonar a sus enemigos y asumir una actitud conciliatoria. De todas maneras, sigue privilegiando a los Abencerrages y les otorga los puestos más relevantes. Se asegura el apoyo de la familia de Yusef estableciendo vínculos matrimoniales. También premia a sus colaboradores como el alcalde de Málaga con matrimonios aventajados. Los problemas del Hayzari no terminan. Sus dos sobrinos, Aben Ismael y Aben Osmyn, también conspiran contra él únicamente para luchar luego entre ellos por el trono. Aben Osmyn cuenta con el apoyo de Navarra y Aragón; Ismael recibe la ayuda de Juan II. Si bien Ismael tiene menos tropas al principio, a medida que los caballeros desertaban a Osmyn por su crueldad, el apoyo a Ismael crece considerablemente. Al verse acorralado, antes de ser depuesto, Osmyn reúne a los caballeros que sospechaba no le eran leales y ordena que los maten. Ismael pone el foco de su reinado en la obra pública y quiere agradar al pueblo al no renovar los homenajes feudales con el sucesor de Juan II de Castilla, Enrique IV. Consecuentemente, el rey de Castilla ataca en varias ocasiones a Granada y consigue que Ismael tenga que renovar su tributo con condiciones más severas que antes. El hijo de Ismael, Abdul Hassan, asume el mando en 1465 y nuevamente interrumpe el tributo a Castilla, lo que conduce a una guerra desastrosa. Al interior de Granada también se gestan intrigas. La familia de Pedro Venegas se ve favorecida por Hassan, quien nombra a los hijos de Pedro visir y general. Esta rivalidad se traslada al harén real. Hassan tenía una mujer, Ayxa la Horra, hija del Hayzari. El mayor de sus hijos es Boabdil, heredero al trono y protagonista del relato que sigue. No obstante, Hassan toma una nueva mujer, Isabel de Solís, una cautiva cristiana conocida como Zoraya. La familia Venegas prefiere a Zoraya y a sus descendientes como herederos al trono. Llega a oídos de Hassan que Ayxa se propone conspirar contra él para coronar a su hijo Boabdil como rey. Por ese motivo, Hassan encierra a ella y a su hijo en la torre de Comares, pero Ayxa consigue liberar a su hijo y enviarlo a Alpuxarras. Muchas de las leyendas en contra de Boabdil confunden hechos sucedidos en épocas diversas. El narrador aclara que con este relato busca desterrar las historias maliciosas en torno a Boabdil. Termina el relato narrando el final de su vida en la Península. Boabdil fue depuesto por el rey Fernando, quien ordena que abandone España. Boabdil retrasa su partida para acompañar a Morayma, su única mujer. Tras la muerte de esta mujer, Boabdil finalmente zarpa a África. En este capítulo Irving recorre los pasos de Boabdil. Empieza a rastrear el camino del último rey en la torre de Comares, donde él y su madre fueron prisioneros del rey Hassan. A continuación, Irving busca la puerta por la que Boabdil sale por última vez de la Alhambra para entregar a los Reyes Católicos el reino. Cuando deja su palacio, Boabdil les pide a Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, que le concedan el gesto de que nadie después de él cruce ese mismo umbral. Los reyes le conceden ese deseo y tapian la puerta. La puerta está en medio de lo que fue una edificación llamada la Torre de los Siete Suelos. Al parecer, esa era la puerta a la residencia de la Alhambra donde se alojaba la guardia real. Desde allí, Irving sigue el camino por el cerro de los Martyros. Luego, baja por un camino escarpado y difícil. Irving incluye las opiniones de la madre de Boabdil y de Carlos V y contrasta con su propia mirada.

La madre de Boabdil le reprocha a su hijo: "Haces bien en llorar como mujer lo que no pudiste defender como hombre" (p.271). Carlos V, por su parte, muestra su desprecia diciendo "habría preferido hacer de la Alhambra mi sepulcro antes que vivir, sin el reino, en la Alpuxarra" (p.271). En esta sección vemos que, como en la anterior, Irving intercala textos que sirven como pequeños ensayos que le permiten reflexionar sobre distintos temas e introducen los textos narrativos, en general, más largos. El primer texto contiene humor porque Irving deja volar su imaginación sobre lo que ve desde el balcón del palacio para luego ser desengañado por Mateo sobre sus especulaciones. Así narra Irving el momento en que Mateo le cuenta la verdadera historia detrás de la monja: "El servicial Mateo interrumpió mis meditaciones y desbarató en un segundo el entramado de mi fantasía" (p.240). El espíritu romántico detrás de la obra se deja ver en este texto por la preponderancia de la imaginación a partir de la contemplación del artista de lo que lo rodea. Esa escena da pie al cuento tradicional que sigue. Como hemos mencionado antes, los tesoros escondidos son un motivo recurrente en los cuentos tradicionales y leyendas asociados a los moros. En este cuento el tesoro es el motor de la anécdota. No obstante, Irving utiliza ese material para hacer un comentario social de manera muy sutil. Walter Scott emplea la historia para escribir sus novelas, pero el material no se vuelve solo la excusa para entretener, sino para explorar el carácter nacional, por ejemplo. En el caso de Irving, esta anécdota le permite explorar algo que viene comentando en su retrato del pueblo español: está más dispuesto a rezar y observar los domingos y las fiestas que a trabajar industriosamente. De este modo no solo la historia de un pueblo nos permite comprender su esencia, sino que también es fundamental la tradición oral que preserva y lo que allí se representa. El espacio en el cuento funciona de manera muy parecida al espacio en toda la colección. La fuente en el patio central de la casa se convierte en el elemento que permite el descubrimiento y devela el misterio detrás de las quejas de los inquilinos sobre los ruidos a la noche. Luego, en el siguiente capítulo, nuevamente el presente es la excusa para contar algo sobre la historia. A partir de su conversación con el moro sobre la mala fama del rey Boabdil, Irving se propone reivindicar su figura acudiendo a las fuentes. Con mucha rigurosidad, Irving narra los hechos más significativos en torno al linaje del rey Boabdil. Esta historia está plagada de enfrentamientos y fuerzas que se oponen dentro y fuera del reino moro. El relato inicia con una primera oposición que se da entre los mismos musulmanes según su origen: los descendientes de los linajes árabes se van a sentir más legítimos que las tribus del norte de África. Según el crítico Claudio Guillén, en el corazón del romanticismo está la antítesis y quizá ese es parte del encanto que tiene la Alhambra para Irving: es un escenario de dos culturas en las que no es posible el encuentro. Irving incluso dice esto: "La arquitectura misma habla de la naturaleza opuesta e irreconciliable de dos pueblos belicosos que tanto tiempo pelearon aquí por el dominio de la Península." (p.199). En el relato de Irving sobre la historia que conduce a Boabdil aparece la oposición entre musulmanes y cristianos. En el caso de los Venegas, la oposición o el carácter irreconciliable de estos dos pueblos se hace más patente porque los Venegas son cristianos de origen, aunque conversos. Otro aspecto que se pone en tensión es el espacio interior/exterior que refleja también el ámbito familiar/público. Habría que prestar atención al juicio que hace de Boabdil su propia madre: "Haces bien en llorar como mujer lo que no pudiste defender como hombre" (p.271). En esa comentario observamos una oposición entre lo que implica actuar como un hombre o como una mujer. Ayxa le reprocha a su hijo no haber podido salvar el reino, propósito que le compete a un hombre. En la obra los espacios tanto físicos como simbólicos están claramente delimitados según el sexo. Las mujeres ocupan su lugar dentro de las puertas de la fortaleza, son protegidas e incluso a veces limitadas al interior de los edificios para cuidar de ellas. Las mujeres no pueden tener ningún contacto con el enemigo y permanecen resguardadas del peligro del 'otro'. Los hombres, en cambio, deben constantemente incursionar fuera de la fortaleza y están en contacto constante con el 'otro', es decir, el enemigo cristiano. No obstante, justamente en este episodio de la historia vemos cómo desde el interior las mujeres de la corte participan del poder porque legitiman la continuidad de poder. La pelea entre Ayxa y Zoraya pertenece a lo público, aunque la pelea se dé dentro del harén del rey. Finalmente, es interesante pensar en la reflexión que hace Irving sobre cómo se debe tratar la historia cuando piensa en cuán maltratada está la figura de Boabdil. Reconoce que la perspectiva desde la que se cuenta la historia es fundamental y se lamenta de que la fuente principal para la figura de Boabdil sea, en realidad, escrita por alguien que evidentemente no es musulmán, aunque la tradición diga que es una traducción del árabe al castellano y que se trata de una fuente mora.

Había en otro tiempo un pobre albañil en Granada, que guardaba los días de los santos y los festivos -incluyendo a San Lunes-, y el cual, a pesar de toda su devoción, iba cada vez más pobre y a duras penas ganaba el pan para su numerosa familia. Una noche despertó de su primer sueño por un aldabonazo que dieron en su puerta. -¡Oye, buen amigo! -le dijo el desconocido-. He observado que eres un buen cristiano y que se puede confiar en ti. El albañil no se opuso; por lo cual, después de taparle los ojos, lo llevó el cura por unas estrechas callejuelas y tortuosos callejones, hasta que se detuvieron en el portal de una casa. Allí le quitó la venda de los ojos y lo pasó a un patio débilmente alumbrado por una solitaria lámpara. En el centro del mismo había una taza sin agua de una antigua fuente morisca, bajo la cual le ordenó el cura que formase una pequeña bóveda, poniendo a su disposición, para este objeto, ladrillos y mezcla. Trabajó el albañil toda la noche, pero no pudo concluir la obra. Al oír estas palabras se le erizó el cabello al pobre albañil; siguió al cura con paso vacilante hasta una apartada habitación de la casa, esperando ver algún horroroso espectáculo de muerte; pero cobró alientos al ver tres o cuatro orzas grandes arrimadas a un rincón. Estaban llenas -al parecer- de dinero, y con gran trabajo consiguieron entre él y el clérigo sacarlas y ponerlas en su tumba. Entonces se cerró la bóveda, se arregló el pavimento y cuidose que no quedara la menor huella de haberse trabajado allí. El albañil fue vendado de nuevo y sacado fuera por un lugar distinto de aquel por donde había sido introducido anteriormente. Después de haber caminado mucho tiempo por un confuso laberinto de callejas y revueltas, se detuvieron. Y esto diciendo, se marchó. El albañil esperó fielmente, contentándose con tentar entre sus manos las monedas de oro y con hacerlas sonar una con otra. Continuó trabajando poco y rezando mucho, y guardando los días de los Santos y festivos de año en año, mientras su familia, flaca, desharrapada y consumida de miseria, parecía una horda de gitanos. Hallábase cierta noche sentado en la puerta de su casucho cuando he aquí que se le acerca un rico viejo avariento, muy conocido por ser propietario de numerosas fincas y por sus mezquindades como arrendatario. Llevó, en efecto, al albañil a un caserón viejo y solitario que parecía iba a derrumbarse. -Perdone usted, señor. -¡Malos diablos se lo lleven! -contestó el propietario-. Un viejo y miserable clerizonte, que no se cuidaba de nadie más que de sí mismo. Se decía que era inmensamente rico, y, no teniendo parientes, se creyó que dejaría toda su fortuna a la Iglesia. Murió de repente, y los curas y frailes vinieron en masa a tomar posesión de sus riquezas, pero no encontraron más que unos cuantos ducados en una bolsa de cuero. Desde su fallecimiento me ha cabido la suerte más mala del mundo, pues el viejo continúa habitando mi casa sin pagar renta, y no hay medio de aplicarle la ley a un difunto. La gente afirma que se oyen todas las noches sonidos de monedas en el cuarto donde dormía el viejo clérigo, como si estuviera contando su dinero, y, algunas veces, gemidos y lamentos por el patio. -Entonces -dijo el albañil resueltamente- déjeme usted vivir en su casa hasta que se presente algún inquilino mejor, y yo me comprometo a repararla y a calmar al conturbado espíritu que la inquieta. La oferta del honrado albañil fue aceptada alegremente; se trasladó con su familia a la casa y cumplió todos sus compromisos. Poco a poco la volvió a su antiguo estado, y no se oyó más de noche el sonido del oro en el cuarto del cura difunto; pero principió a oírse de día en el bolsillo del albañil vivo.

escena de la Alhambra y el albañil (ilustración conceptual)

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Este artículo explora la relación entre Washington Irving y su relato La aventura del albañil en la Alhambra, con énfasis en contexto histórico, personajes y símbolos literarios.

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