Cadena de televisiónes fachas y el ecosistema mediático de la extrema derecha en España

Hay un canal de televisión alemán llamado VOX, perteneciente al gigante audiovisual RTL, nada que ver con el partido Vox al que da cobertura Intereconomía, también llamado El Toro TV. En paralelo a la decantación electoral de la derecha y la extrema derecha se ha producido un ajuste de la oferta hacia estos sectores ideológicos: Trece, propiedad de la Conferencia Episcopal, se ha quedado con los acérrimos del PP, mientras que Intereconomía es su trinchera de los votantes de Abascal. Dejo aparte a Telecinco y Antena 3 porque ambas son emisoras del Gobierno, a cuyos presupuestos se encomienden. Los dos grupos siguen en deuda con Zapatero y sus sucesores desde que, en 2010, les regalara los 500 millones de euros anuales de la publicidad de TVE. La Iglesia quiso absorber a Intereconomía para edificar una archidiócesis mediática; pero el navarro Julio Ariza, integrista y del Opus, no lo permitió. Intereconomía es su Palmar. Trece registra audiencias del 2,2% (equivalente a cotas de medio millón de espectadores diarios), en tanto que Intereconomía ni aparece en los paneles de medición. Está en quiebra, intervenida por Hacienda y sobrevive merced a las limosnas de sus fieles. Vox le ha dado vida a su tertulia El gato al agua, máximorival de El cascabel, de Trece. Es la extrema televisión para la España que yace en el Valle de los Caídos. Manuel Ligero.

La evolución de la televisión como instrumento de influencia política

«Para convertirte en un verdadero fascista todavía hay que dar un paso más. Cuando Joshua Meyrowitz publicó su ensayo No Sense of Place, en 1986, no podía saber el desarrollo que iba a conocer el medio predilecto de su análisis: la televisión. El objeto de su estudio era cómo los medios electrónicos estaban transformando nuestro comportamiento cotidiano. Y no emitía juicios: la tele no era ni mala ni buena. Meyrowitz, además, concedía una especial importancia a los cambios en la interacción social, en el cara a cara entre ciudadanos y en cómo la tele había borrado la separación entre lo público y lo privado.

En España, la irrupción de las televisiones privadas y de los medidores de audiencia en los años noventa cambiarían para siempre el modelo y el negocio televisivo. Sin caer en la nostalgia, en la televisión de los ochenta podíamos ver en un mismo canal al Fary diciendo burradas machistas y a Almodóvar y McNamara cantando Suck It to Me para pasar después a una entrevista de Vicente Botín a Fidel Castro. Para 1992 ya estaba bastante claro hacia dónde nos encaminábamos.

Antes de su desembarco en España, Berlusconi y sus Mama Chicho habían barrido a la televisión pública italiana en las preferencias del público. ¿Es él, que llegó a ser cuatro veces primer ministro entre 1994 y 2011, el principal responsable del desplome de la cultura italiana? Y lo que es más importante: ¿a lo largo de todos estos años de concursos, fanfarrias, machismo descarado y tertulias vocingleras, nos ha convertido en analfabetos funcionales? ¿Puede entenderse el ascenso de Salvini sin 25 años de berlusconismo? Y más aún: ¿puede entenderse el ascenso de Abascal en España sin la atención recibida por los canales privados? Esta incógnita fue objeto de un detallado estudio conjunto de la Universidad Pompeu Fabra, la Universidad de Milán y la Universidad de Londres que recogió The Washington Post. Pero Mediaset no es la única empresa que contribuye a que haya votantes de, en palabras del Post, “candidatos populistas que venden mensajes simples y respuestas fáciles”.

La televisión de la crueldad y su impacto social

Hoy todas lo hacen en mayor o menor medida. Captura de Jesús Gil y Gil durante el programa ‘Las noches de tal y tal’. Desde hace años hay un esquema que recorre las redes sociales para explicar el crecimiento de los crímenes de odio. Fue denominado la Pirámide del Odio y la Violencia. Este esquema, que podría tacharse con razón de básico y tremendista, ha sido reinterpretado en diversas ocasiones y para muchos usos distintos. ¿Podríamos hacer lo propio con los programas de televisión?

La televisión de la crueldad es aquella que convierte en espectáculo la denigración y el sufrimiento del ser humano. Se trata de un producto que, basado en la humillación, despierta los instintos más bajos de la audiencia. Ver a alguien pasarlo mal es, a tenor de los datos, un éxito seguro. Telecinco ha basado buena parte de su parrilla en exponer a sus colaboradores a toda clase de escarnios. Aquel día saltaba del helicóptero Isabel Pantoja y el morbo que despertó este personaje habitual de la prensa del corazón fue algo inusitado. Según explicaba Tom C. Avendaño en las páginas de El País, alcanzar un 40% de share equivale a “paralizar el país”.

El salto de la tonadillera consiguió un 36,5% (según datos de la propia cadena). Pero, por encima de todo, lo que se persigue es que se peleen entre ellos. Si los concursantes colaboran, el programa no funciona tan bien como si se insultan. ¿Ejemplos? “Sois unas rastreras repugnantes”, le dijo Carlos Lozano a las Azúcar Moreno, dúo musical de etnia gitana al que no dejó escapar sin restregarles antes un cliché racista: “No tenéis ganas de nada. Habéis venido a darle al cante y al baile. Podrá decirse que los protagonistas de Supervivientes saben a lo que van y que cobran muy bien por ello. Que es algo inocuo, mero entretenimiento, pura banalidad, apenas una broma.

Es lo que Pierre Bourdieu, en una charla en el Collège de France, explicaba con el concepto de violencia simbólica: “Es algo sutil y, por lo tanto, más peligroso. La televisión de la crueldad crece, se retroalimenta y se expresa pisoteando los principios socráticos: tratar al otro como yo querría que me tratara a mí. Y lo hace de forma totalmente deliberada. Así pues, cuando Carmen Borrego recibe un tartazo o cuando hacen llorar a Lydia Lozano en Sálvame, todo forma parte de un espectáculo previamente pactado.

La normalización de la ideología y el uso de formatos

¿Pero qué clase de espectáculo es ese? ¿Cuál es su interés más allá de la mera degradación? ¿Qué enseñanza puede sacar la audiencia de esos comportamientos? Quizás con otro producto de Mediaset se entienda mejor. Mujeres y Hombres y Viceversa es un programa en el que varios jóvenes musculados compiten por ser el más ligón. Todos vienen cortados por el patrón del guido, expresión ofensiva referida a los concursantes italoamericanos de Jersey Shore, un reality show de la MTV con el que tiene varios puntos en común, el principal de los cuales es que los hombres engañen a las mujeres para tener sexo. MyHyV se emite en horario infantil proyectando una imagen tóxica de las relaciones sentimentales, de la mujer como objeto que puede ser poseído por un hombre y del hombre como candidato a un trono desde el que puede elegir con quién se acuesta. Del programa se ha dicho que “tiene como base la humillación y enmascara una articulación plagada de micromachismos”.

Después de más de diez años en antena, lo que da una idea de su éxito, se entienden mucho mejor las reacciones sobre el caso de La Manada. En otro programa de la cadena (Gran Hermano Revolution) se llegó, presuntamente, a una violación que la productora del programa (Zeppelin TV) intentó solventar con dinero. Aunque Mediaset considera las vejaciones una forma de comedia, este escalón de la pirámide tiene un protagonista que no trabaja para el grupo que dirige Paolo Vasile (aunque sí lo hizo durante un tiempo, entre 2009 y 2011).

Se trata de Pablo Motos y su programa El Hormiguero, que emite Antena 3. El cómico y presentador ha coleccionado una retahíla de salidas de tono que no encajan bien con la calificación “para mayores de 7 años” de su espacio. Motos tiene una forma peculiar de hacer sus entrevistas. No hace preguntas sino que formula ocurrencias y espera la reacción del invitado o invitada. “George R. R. Martin [autor de Juegos de Tronos] ha humanizado a los enanos en la ficción. Siempre os ponen como duendes o como elfos, personajes que no son reales”, le soltó al actor acondroplásico Peter Dinklage. “Sí, los enanos somos reales. Toca”, contestó el intérprete.

La historia continúa con otros ejemplos de lenguaje y tratamiento de las mujeres en televisión, así como con la crítica a la broma constante sobre aspectos físicos o identitarios. El Hormiguero es un programa de éxito que lleva los últimos cinco años rondando el 15% de audiencia de media. Por ello se ha convertido en un peaje prácticamente ineludible para artistas que hacen promoción o políticos en campaña. Todos pasan por allí. No es un dato baladí que el tercer programa más visto en sus 14 años de historia haya tenido como protagonista a Santiago Abascal. ¿De verdad tiene tanta importancia que haya variedad ideológica entre los invitados del programa y que se hagan algunas bromas de vez en cuando? Si el segundo escalón de la la Pirámide del Odio y la Violencia es el de las “microagresiones culturales”, ahí es exactamente donde encajaría un programa como El Hormiguero.

Consolidación de narrativas y plataformas afines

Así es como se muestra la discriminación inconsciente: con bromas y actitudes inocuas en apariencia. La normalización se consigue a través de la repetición. Sálvame, a lo largo de los años, ha impuesto un modelo de debate que podía parecer sorprendente en épocas anteriores: el de la réplica a gritos. Esto no era habitual en la tele y se dada en contadas excepciones, casi siempre a través de personajes extravagantes. Todo sea por la audiencia. Todos los colaboradores aseguran ser amigos pero se dicen cosas horribles sin tener la mayoría de las veces una base sólida para dar rienda suelta a los exabruptos.

Lo que es seguro es que todo ese rollo de la “deslealtad” tiene que ver con la normalización del control de la pareja en las relaciones. En cualquier caso, por una cosa o por otra, lo principal es el escándalo e importa muy poco cuál haya sido el origen del mismo. Todo el mundo parece poseído por la ira y lo más curioso es que los protagonistas de esas batallas son personajes fabricados artificialmente para eso, para que se peleen. No son famosos por nada. Simplemente salen en la tele y se chillan.

En épocas anteriores, si el propósito de un programa era crear morbo, se buscaba un tema de actualidad que encajara en la idea de espectáculo y se explotaba. De forma vulgar, claro, pero al menos había un gancho. Si el hermano del vicepresidente del Gobierno usaba un despacho oficial para hacer negocios fraudulentos y se prestaba a ir a un programa como La máquina de la verdad, aquello era grotesco, ciertamente, pero tenía un fundamento. Hoy no es necesario tener una justificación para sacar el polígrafo. Se someten a él perfectos desconocidos para aclarar cosas que nadie entiende. Lo único importante es que de los resultados que arroje podrán hacerse nuevos programas en los que los mismos personajes se insulten nuevamente en una rueda de berridos y descalificaciones que no tiene fin.

Sálvame, a través de sus diferentes cabeceras (Limón, Naranja, Tomate, Banana…), dura cinco horas. Cinco horas todos los días, de 16.00 a 21.00, de lunes a viernes, y otras cuatro horas más los sábados por la noche. “Cuando se utilizan tantos minutos preciosos para decir cosas tan banales eso acaba adquiriendo importancia en tanto esconde cosas valiosas”, explicaba Bourdieu (todo está en Bourdieu, como le gusta decir a Maestre). “Cuando se rellena tanto espacio con la nada, con el vacío, se apartan informaciones pertinentes que los ciudadanos deberían poseer para ejercer sus derechos democráticos”. Si Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, aquí podemos decir que la banalidad es el mal. No es un espectáculo inocente con el que puedo desconectar para poner la mente en blanco y relajarme. No es una pecera. Mediaset ha normalizado la bronca y ha intoxicado todos los programas de debate de la televisión.

imagen explicativa de la pirámide del odio y la violencia

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